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MGI Master en Gestión Integrada (Medio Ambiente, Calidad y Prevención)

El último garn héroe.
Enviado por: admin el Miércoles, 10 de Agosto de 2005 - 01:13 PM CET
Educación ambiental El último gran héroe
En marzo de 1980, hace 20 años, empezó a fraguarse un mito de la divulgación y la
defensa de la fauna


El último gran héroe
En marzo de 1980, hace 20 años, empezó a fraguarse un mito de la divulgación y la
defensa de la fauna. El espíritu de Félix sigue vivo en las tres generaciones que
convivíamos entonces y que seguíamos su obra televisiva y editorial. Ahora eso ya no
sería posible.
Cuando a veces me paro a reflexionar sobre las personas a las que he admirado o me han aportado
algo de provecho (aparte de los más allegados), hay siempre dos nombres inexcusables: Jacques
Cousteau y Félix Rodríguez de la Fuente.
Monsieur Cousteau nos llevó en su “Calipso” por todos los mares conocidos, explorando los
océanos, su superficie y, sobre todo, sus profundidades. Nos descubrió colores exóticos de seres que
jamás habríamos pensado que pudieran existir, nos introdujo en el hasta entonces cerrado mundo de
los inventos de investigación oceanográfica (la palabra “batiscafo” se convirtió en una de mis favoritas
de mi limitado vocabulario infantil) y nos demostró que bajo una apariencia frágil puede esconderse el
más intrépido de los buceadores. No todo el mundo estaba de acuerdo con sus ideas políticas, pero
llegado el momento de valorar su trabajo de divulgación, poco importaban las diferencias ideológicas.
Aunque sin duda quien más ha influido en el conocimiento de la Naturaleza en España ha sido
Félix. ¿Alguna vez ha hecho falta añadir su apellido? Todos le conocemos por su nombre de pila, como
si fuera un familiar o un amigo más, como si en lugar de haberse introducido en nuestras vidas a través
de un tubo catódico nos hubiera estado contando sus viajes, sus trabajos y sus experiencias sentado
tranquilamente en el sofá de nuestro salón.
En mi caso, se sentaba en una silla plegable, en el avance de una caravana instalada en el
camping donde pasaba con mis padres los veranos y los fines de semana. No todas las familias que
convivíamos en tan peculiar barrio teníamos televisión, así que allí donde había una, llegado el
momento de que empezara “El hombre y la Tierra”, era inevitable la invasión de chiquillos dispuestos a
estarse quietos (¡milagro!) durante la siguiente media hora. Y no sólo chiquillos. Los padres y los
abuelos se unían a la paralización general de la vida del camping, porque otro tipo de vida se movía en
la pantalla.
La fabulosa música compuesta por Antón García Abril que servía de introducción a la aventura
que íbamos a vivir con Félix hacía sonar sus timbales. Recuadros con fascinantes imágenes llenaban la
pantalla. Nos disponíamos a acompañar al equipo por algún escenario cercano o lejano, espiando a
sus habitantes salvajes y aprendiendo que había otras formas de vida, que los animales se comportan
según su instinto o la información transmitida en sus genes, pero también que tienen culturas que se
enseñan de generación en generación.
Aguantábamos la respiración cuando veíamos al alimoche coger la piedra con la que rompería
su primer huevo, aunque nadie se lo hubiera enseñado. Nos inclinábamos hacia delante de pura
tensión cuando la manada de lobos perseguía a los corzos cruzando el río. No sabíamos de parte de
quién ponernos cuando el águila real agarraba a la cría de cabra montés frente a la mirada impotente
de su madre.
Para nosotros, los niños y niñas fascinados delante de la televisión, era la primera vez que nos
ofrecían una visión tan completa del mundo. Nos daba una sensación de cercanía, como si pudiéramos
nosotros mismos salir al campo y empezar a ver a los animales en su hábitat, a observarlos, incluso a
hacernos sus amigos, como Félix con su manada de lobos. Lo que veíamos podía estar ocurriendo
unos metros o unos kilómetros más allá de nuestras paredes. Bastaría con acercarnos al borde de la
ciudad para empezar a vivir lo que veíamos en la pantalla.
La peculiar voz de Félix y su tono, unidos a unos comentarios mezcla de ciencia, sentimientos,
poesía y análisis crítico, hacían cada episodio inolvidable. Era fácil imitar su forma de hablar, y a eso
jugábamos, convirtiéndonos así un poco en él, que era en realidad lo que deseábamos fervientemente.
Era nuestro héroe.
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Entonces la situación permitía el nacimiento de héroes. En España sólo había dos cadenas de
televisión y todos coincidíamos en los programas que veíamos. “Aplauso”, “Un, dos, tres”, “Crónicas de
un pueblo”, “El hombre y la Tierra” y muy pocos programas más formaban nuestro universo televisivo.
Seguramente dentro de veinte o treinta años, si me pusiera a hacer una lista de los programas que veo
ahora o de sus presentadores, no daría pie con bola. Ahora las programaciones de todas las cadenas
están invadidas de horribles programas que compiten en horterez y de los que surgen cientos de
personajes y personajillos que ocupan nuestras pantallas con una insistencia insoportable y que, una
vez ha pasado la moda de sus muletillas, sólo se recuerdan vagamente y sin pasión, y sin duda con un
poco (o un mucho) de vergüenza ajena.
¿Es que ahora no existen buenos comunicadores? Claro que sí. Y, si buscamos, seguro que
todas las cadenas nos ofrecen un ejemplo. Pero se han unido dos circunstancias que impiden que los
distingamos claramente. En primer lugar, los programas se han vuelto menos personalistas. Félix,
Cousteau, Bellamy y Attemborough eran los indiscutibles protagonistas de sus series documentales,
pero ahora estas series están producidas por grupos y corporaciones de comunicación que se han
democratizado y carecen de un abanderado que reúna las cualidades necesarias para convertirse en el
héroe de la audiencia. Por otro lado, con tanta oferta a nuestra mente le resulta imposible discriminar
de una manera eficaz la información útil, y así prefiere no retener casi nada. Es como si una manada de
bisontes pasara corriendo sobre nuestra memoria y sólo dejara tierra removida, en lugar de los pasos
sigilosos de un zorro que marca sus nítidas huellas sobre el barro.
Félix fue ese zorro, pisando sobre un terreno poco transitado, propicio para conservar su marca
durante mucho tiempo. Y, aunque tal vez ahora no estaríamos de acuerdo con algunas de sus ideas
sobre gestión de la fauna (lamentablemente nunca podremos saber cómo se habría enfrentado a los
problemas actuales), no cabe duda de que supo convertirse en nuestro héroe, en una clase de héroe
que difícilmente podrá volver a darse y sin el que crecerán las nuevas generaciones. Y lo siento en el
alma por los jóvenes de ahora. Aunque apareciera hoy mismo otro Félix, ya no sería igual.
Marcela Plana
Marcela.Plana@faunaiberica.org
 
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